Llegó a su departamento. Colgó el saco. Se preparó un café. La cafeína inundaba su cerebro. Se sentó. Lloró.
Al final de la noche, por suerte, pensó: "A veces las personas que creemos que van a estar siempre, solo van a estar un efímero período de nuestras vidas. Yo quiero... más bien, debo vivir sin rencor. ¡Si, eso!. Al fin de cuentas disfruté su compañía. Y si algún día una linda señorita toca a mi puerta y es capaz de encontrar la púa para las cuerdas de mi corazón y tocar una linda serenata. ¡Hasta las penas se atan!."
Se acostó, miró el techo y por fin. Luego de 4 años. 5 meses. 2 horas. 54 minutos. 2598 besos. 3207 abrazos. 5058 "te amo". Pudo olvidarla.
"Al fin" pensó. "Es que a veces mi mente es un caos".
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